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Reflexiones de una noche de insomnio…no tienes por qué aguantar nada que no te haga sentir bien. Hay días en los que cuando cae la noche, y a pesar del sueño incipiente que podamos tener, nuestra alma nos empieza a hablar sin cesar y no nos deja dormir. Después de unas cuantas vueltas en la cama, de entrar en redes sociales una y otra vez y de haber agotado todas las fuentes posibles de distracción, he tenido una revelación. Algo que para muchos puede ser básico o muy obvio, pero en lo cual nunca me había parado a pensar con profundidad.

Me ha venido un mensaje muy claro: “No tienes por qué aguantar nada que no te haga sentir bien”. Pasamos mucho tiempo en relaciones que nos provocan más sufrimiento que bienestar. Y no hablo únicamente de relaciones de pareja. Me refiero a todo tipo de relaciones. Con amistades, con exes, con la pareja, con nuestro padre, con nuestros hermanos, con nuestra madre, con compañeros de trabajo, conocidos, con quien sea.

¿Para qué aguantamos situaciones en las cuales no nos sentimos bien? Esto me lleva a la conclusión del poco respeto que nos tenemos. Desde pequeños aprendemos que el otro es lo más importante, que mirar por uno mismo está mal y que debemos aguantar viento y marea con tal de conseguir el afecto de los demás. De lo contrario somos egoístas.

Esto nos lleva a comportarnos de maneras que son tóxicas para con nosotros mismos. Muchas veces estamos en relaciones que no nos hacen felices. Puede que hayas retomado una relación con alguien con quien no terminas de congeniar. Quizá hay algún familiar con quien sientes la obligación de tener un contacto más o menos diario simplemente porque es alguien de tu familia. Pero, ¿eso te hace bien? Y, lo más importante, ¿te aporta o te resta? ¿Te hace feliz? ¿Te sientes cómodo con ese contacto? ¿Realmente quieres mantener una relación cercana con esa persona? ¿Desde qué lugar te relacionas con el otro? ¿Para qué lo haces?

Lo que no suma, resta

Si somos capaces de aconsejar a personas cercanas que se alejen de todo aquello que no les ayude a crecer, que no les haga bien, ¿por qué nos cuesta tanto hacerlo con nosotros mismos? Nos involucramos en circunstancias, relaciones y situaciones que nos generan ansiedad. Quizá queramos cultivar una relación con algún familiar o amigo a quien creemos le debemos mucho. Quizá nos esforcemos por hacer que las cosas funcionen.

Pero, ¿qué pasa cuando nos forzamos a ello? Reflexionando sobre esto me he dado cuenta de que gastamos un tiempo y una energía innecesarios en cosas que no nos ayudan a avanzar. No porque la otra persona sea tóxica o alguien que no merece la pena. Para nada. Puede ser alguien maravilloso. Lo que pasa es que a veces, las relaciones simplemente no se pueden forzar.

No vamos a congeniar con todo el mundo

A veces queremos encajar con alguna persona, con sus valores, ideales y formas de ver la vida, y por más que lo intentemos, eso no pasa. No vamos a congeniar con todo el mundo. No vamos a compartir la misma visión sobre la vida con todo el mundo. No vamos a sentirnos cómodos con todo el mundo. Muchas veces, por más que pongamos de nuestra parte, no vamos a poder. Porque los sentimientos y emociones se dan, o no se dan. Y no hay nada de malo en ello. Es parte de la vida.

Podemos querer a alguien con todas nuestras fuerzas pero saber que el contacto diario con esa persona nos hace daño. Nos hace daño porque vivimos en mundos completamente opuestos. A veces es necesario mostrarnos respeto y amor y alejarnos de aquello con lo que no nos sentimos bien. No digo que la opción sea alejarse de alguien para siempre, pero quizá sí lo es el reducir el contacto. No porque no tengamos aprecio hacia la otra persona, sino porque es el mayor acto de amor que podemos hacernos a nosotros mismos y, seguramente, al otro también. Para terminar, me gustaría repetirte de nuevo la frase con la que empecé a escribir…Recuerda que no tienes por qué aguantar nada que no te haga sentir bien.