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Aprovechando que viene el verano, me gustaría hablar de la tan conocida Operación Bikini. Meses antes de la llegada del buen tiempo ya nos empiezan a bombardear con la operación bikini: productos adelgazantes, anticelulíticos y alimentos dietéticos empiezan a venderse por doquier. “¡Presume de cuerpo bonito! ¡Dile adiós a la piel de naranja! ¡Si tienes mucho pecho, te damos consejos para disimularlos! Si no tienes pecho, ¡te financiamos un aumento de mamas! ¿Quieres tener un culo como el de Jennifer López? ¿Y las piernas de Blake Lively? ¡Ten un vientre plano!”

Vamos a ver, si estás leyendo este artículo, ¿ahora entiendes por qué el 99% de las mujeres se sienten avergonzadas  y deprimidas con su cuerpo? ¡Si es que se nos bombardea a diestro y siniestro con este tipo de mensajes! En mi experiencia propia, durante mucho tiempo pensé que la operación bikini la hacía para sentirme bien conmigo misma. Llegaba febrero y ya empezaba a «pasearme» por el gimnasio, y que decir en abril-mayo…que si la dieta dukan, que si la dieta de la sandia, de la alcachofa, masajes para la celulitis, gimnasio a tope para poner el culo firme y adelgazar los 5 kilos que NO me sobraban, etc. Hasta que descubrí a Megan (haz click aquí para conocerla), una chica británica que se recuperó de la anorexia y promueve, a través de su cuenta de Instagram (pincha aquí si quieres seguirla), un mensaje para mí muy claro y conciso: “acéptate y ámate tal como eres, sin fijarte en tu talla de pantalón”.

A raíz de este descubrimiento me di cuenta de que mi obsesión por la operación bikini (al igual que la de muchas mujeres, probablemente la tuya también si estás leyendo esto), nacía de la idea tan bien metidita en mi cabeza (gracias medios publicitarios) de que yo no era suficiente si no encajaba en el molde de «culto al cuerpo perfecto» tan bien implantado en la sociedad. Que por cierto, la expresión «cuerpo perfecto» lleva implícita las palabras PhotoShop y retoque fotográfico de una forma muy descarada.

Si has llegado hasta aquí, déjame decirte un par de cosas. No eres más mujer (u hombre) por tener una talla 36, por tener una 90 de pecho, una cinturita de avispa, unas piernas tan largas que quitan el aliento o un culo respingón y bien puesto. ¿Quién dice que para poder ponerse un bikini e irte a la playa, la piscina o donde quiera que sea que vayas, tengas que someterte a dietas, a deporte intensivo y seguir mil tratamientos de belleza?

Durante mucho tiempo pasé hambre, probé miles de dietas, hice GAP, cardio tonic, zumba, spinning, me privaba de comer para tener el cuerpo “perfecto”. ¿Y sabes lo mejor de todo? Que cuando ya había adelgazado 4 ó 6 kilos…¡seguía sintiéndome igual de mal o incluso peor! Con esto quiero decirte que la felicidad no viene de la talla que tengas.

Ojo, no estoy diciendo que te olvides del deporte y que desde ahora solo comas comida basura. Claro que no, simplemente te digo que antes de hacer una dieta, pasar hambre o sentirte infeliz por no tener el mismo aspecto que las modelos de las revistas (retocadas con PhotoShop todo hay que decirlo, y sino lee este artículo de Michelle Jenner aquí), des gracias por quien eres, disfrutes de tu vida, te nutras por dentro, que desarrolles tu amor por ti misma y que mandes al cuerno a todo aquel que te diga que si no tienes una talla XS no vales.

En vez de preocuparte por el tamaño de tus pechos, de tus muslos, de tu cintura, de tu altura, siéntete bien contigo misma, quiérete, mímate y disfruta de tu vida. Y además, ¿en serio te crees que por parecerte a la modelo de moda la gente de tu alrededor te va a querer más? Hay relaciones y relaciones, solo de ti depende quedarte con las mejores, aquellas que te nutren el alma.